El puente peatonal

La altura, cosa más bella (lo lamento sinceramente por quienes sufren vértigos al subir cuatro escalones), es espléndida para conseguir sentirme lejos de la tierra, de todo y de todos y conseguir tener una visión  de la realidad distinta a cuando soy parte de ella cada vez que mi mente se encuentra  en una congestión de confusiones, como ahora. No pude encontrar un lugar más alto que este puente peatonal, de acuerdo, está la Torre Latino pero en lo que llego y subo, la neurosis ya se me multiplicó y entonces sólo llegaría a lanzarme, así que este puente está perfecto, al menos cerca de mi alcance. En fin, estaba yo ahí, recargada con los brazos en el barandal y contaminando el ambiente con el típico cigarro que no puede faltar nunca en solidaridad a la ansiedad. El escenario era perfecto, luna brillante, cielo fresco y una ligera llovizna, de esas que casi no se sienten  pero cómo mojan. Miraba por cierto al cielo pensando en los pequeños disturbios mentales que me estaban taladrando la cabeza, fumaba y de vez en cuando escupía una que otra maldición flagelándome sin compasión, actitud un tanto patética, lo admito. Empero, si hay algo que me atrae y me hipnotiza de un humilde puente peatonal, es que hoy en día casi nadie los utiliza (a la gente le gusta jugarle a lo valiente entre coches), por lo que tienden a ser solitarios, ideales para filosofar, pensar y hasta mentar madres sin que nadie escuche nada pero, ¡oh sorpresa! alguien fracturó el esquema, la soledad desapareció.

Era un tipo cuya silueta seguí con la mirada al pasar frente a mí esperando detenidamente que bajara las escaleras y se esfumara de inmediato para poder regresar a lo mío, pero no, todo parecía indicar que también tenía cierta fijación a la altura, o a los puentes, o quizá sólo planeaba suicidarse, yo qué sé, el caso es que se detuvo a poco más de dos metros de mi. Yo creo que también estaba mentando madres, no escuché nada pero la expresión de sus manos era un tanto obvia. Continué mirándolo, no sé si con ansias de que se largara o con curiosidad de saber qué era lo que le estaba fastidiando la existencia. Dejó de interesarme al fin, así que encendí otro cigarro y regresé la posición inicial, total, él no pretendía irse  y yo tampoco, me resigné entonces a compartir esa pseudo soledad. Retomé el camino al cófre de mis traumas cuando escuché una voz, “¿será Dios?”, pensé. No, él no me pediría un cigarro, era el tipo que, por un momento, ya había olvidado. Le obsequié el cigarro sin decir una sola palabra, después de encenderlo y darle el primer golpe, sólo escuché de su voz cuatro palabras: “odio a las mujeres” … “¿perdón?” exclamé con gesto de agárrenme porque lo mato. Cabe mencionar  que no soy feminista  y mucho menos sexista pero poseo una gran conciencia de género y si hay algo que me hace vomitar sangre es un misógino. El tipo me repitió sin ninguna restricción su sentimiento hacia mi género con un tono un tanto hostil, a lo que reaccioné, por supuesto, con molestia e indignación, no recuerdo todos los argumentos con el que ataqué su comentario, pero recuerdo claramente que le hice saber diplomáticamente que su misoginia podría deberse a una probable inclinación homosexual reprimida. Ante mi discurso, no expresó palabra alguna, pero terminó ofreciéndome una disculpa, no descarto la posibilidad de que lo haya hecho para evitar provocar mi ira y convertir el puente en un escenario de palabrotas y gritos. Finalmente nos invadió el silencio, bajó la mirada y me confesó que estaba totalmente herido porque su novia , sin decir agua va, cruel y vilmente lo había dejado por otro. “Qué pena me da tu caso”, le dije, lo tomé del hombro y le informé que el puente en el que estábamos parados carecía  de altura suficiente como para lograr un suicidio digno, posteriormente, me di la vuelta y lo dejé ahí solito, lo miraba de vez en cuando para estar al tanto de sus actos, no se le fuera a alborotar la locura y se aventara, no me lo perdonaría.

Las horas se iban muriendo y confieso que yo no había dedicado un solo minuto al conflicto que me traía encima (lo que de principio ne llevó ahí), y el cual el siguiente:

Yo amaba a X , era feliz con X, todo iba de maravilla con X hasta que apareció Y, que vino a revolverlo todo, ya no pensaba en X sino en Y,  estaba entre dejar a X por Y o continuar así,  porque este último tuvo la gracia de hacerme dudar de mi amor por X, tan era así, que desde que apareció, todo tenía cara de Y, todo tenía que ver con él y me sentía culpable de haberle quitado el lugar a X, cuando había sido sólo suyo por todo este tiempo. Gran conflicto, pensar en la ecuación (siendo yo W),  W – X+Y , me remordía la conciencia. Miré nuevamente al tipo quien seguía peleándose con el aire manoteando su enojo, recordé su crisis existencial y por fin lo noté, vaya semejanza entre los dos. Sabía que lo que pensaba hacer era un tanto egoísta pero sólo así podía darle solución al problema W-X+Y = W+Y,  problema W+X-Y = W+Y entonces le pedí que me platicara su historia. Comenzó con actitud plácida poro conforme iba avanzando, se le iba deformando el rostro, su voz tierna se transformó analógicamente a la del exorcista y, en lugar del líquido verde, este echaba de la boca una vomitada de maldiciones que bien pude sentir lástima por su ex. Cada palabra la sentí como si me golpeara la quijada, una tras otra, una tras otra, por un momento me sentí en knock out. Llegué a pensar por un momento que no era él quien estaba hablando, sino X que eructaba  mi nombre al sentirse engañado. Me dolió ver al tipo llorar echándome en cara lo mucho que la amaba y la manera en que ella lo había destrozado al irse con otro dejándolo solo, herido y jodido. De pronto sentí como si hubiera sido de mi de quien estaba hablando, entonces pensé inmediatamente sin dudarlo W-Y = W+X, digo, me dolería hasta el alma saber que X podría sufrir como lo estaba haciendo el tipo. Me proyecté en la situación y lo único que pude decir de consuelo fue “si te ama, seguro volverá”. ¡Ups! No lo hubiera dicho, la trató aún peor que a un judío en campo de concentración. Ya no pude hacer más por ella, así que me resigné a escuchar cómo la destrozaba cada vez que la mencionaba, cómo me hacía pedazos a mí cada vez que repetía “la muy cabrona me dejó por otro”, De nuevo nos rodeó el silencio y poco a poco el ruido de los carros iba disminuyendo; mientras fumábamos, volví a pensar en Y sin olvidarme de X, bien sabido tenía que debía confirmar la hipótesis A+Y puesto que era algo que ya me había planteado, pero aún me confundía el arriesgarme a desquebrajar la relación que ya tenía con X. Parecía que el tipo me había dejado aún peor.

Con lágrimas en los ojos se acercó, acarició mi rostro y me agradeció haberlo escuchado, yo también lo miré sin decir nada, no pude. Se despidió tomando mi mano y por último, me aconsejó que, si me llego a ver en esa situación, que opte por un “ya no te amo” que un “te dejo por otro”, si es que no deseo herir a nadie y se fue. Lo vi irse y bajar las escaleras lentamente hasta que se perdió de mi vista. Me quedé muda, sintiéndome culpable por lo que sentía. Estaba sola y más confundida que antes, W-X-Y; W; ¿X+Y?; ya no coordinaba muy bien. Probablemente él se sintió mejor al expulsar tanto enojo y dolor, pues mientras gritaba al recordarla, lloraba. Cuando me contó su triste historia, lloraba y cuando se fumó la mitad de mi cajetilla, también lloraba. He de confesar que me atraganté mi llanto, no podía sacarlo y hacerle saber que mi situación era similar a la de su ex, digo, no iba a provocar que la viera a ella en mí y me estrangulara en ese preciso instante, que bastante miserable me sentí al ver a X reflejado en él. Al saberme sola ahí, bajo la negrura de la noche y con el más denso de los fríos congelándome los huesos, mojada y aún siendo víctima de mis remordimientos, caminé hacia donde podía encontrar a Y. En el transcurso pensé una y mil veces en el tipo, su ex, en X, en Y, en que sabía que, de alguna manera, tenía que solucionar el conflicto y la única era averiguar el lado Y porque el X ya me lo sabía a la perfección, así que llegué a donde Y, nos miramos y posteriormente, sentí uno de los besos más lindos que había probado, de esos que te hacen verlo todo color de rosa, morado y el arcoiris entero.  De momento me olvidé de X, desapareció, como después desapareció ese ambiente rosado que sentí, el beso contenía gran pasión, eso sí, pero carecía de amor, de ese amor que sólo X me puede hacer sentir. Claro todo terminó por derrumbarse cuando Y tuvo el buen tacto de proponerme un “free” o una cornamenta a X; me decepcionó. Tomé mi orgullo, mi dignidad y me fui de ahí.

No niego que Y vale la pena para un free, pero no vale la pena para perder  alguien como X sólo por un antojo, no. Cuando me di cuenta que Y no era lo que me esperaba, estaba segura de sentir por X lo que sentía antes pero no, todo había cambiado, eso me decepcionó aún más. Ya era tarde y aún así me dirigí al puente nuevamente. Cuando estaba subiendo las escaleras, logré distinguir una silueta que estaba sentada justo donde estábamos parados anteriormente el tipo y yo. Agilicé el paso para cerciorarme si era él que había regresado para estar verdaderamente solo, pero no, era una mujer igual de  jodida que yo. No le di importancia, estaba decidida a ignorarlo todo y pensar únicamente en mí. Pero algo falló en mi plan, ya que al escucharla llorar, no pude evitar acercarme a ella. Parecía que esa noche traía en la cara el letrero de “consejera espiritual”, puesto que sin dudarlo, comenzó a soltarme sus conflictos emocionales y el caos que era su vida. No me di cuenta sino hasta después, que ella era la ex del tipo, la otra cara de la historia. El tipo no había mentido, ella de verdad lo había dejado por otro sin explicación ni compasión, pero lo que en realidad le estaba haciendo torbellinos en la cabeza era lo que sentía en ese momento. Por algún extraño motivo (dijo ella), se dejó embaucar por B olvidándose de A, pero, como suele pasar, los recuerdos la atacaron presentándole en sus visiones la presencia de A aniquilando lentamente a B, a quien finalmente, sacó de su vida. Hasta aquí aún no había nada de espectacular ni trascendente, no, lo interesante comenzó cuando, al paso de su narración, fui haciendo conjeturas que me hicieron pensar más en mi conflicto. Unos momentos antes, cuando el tipo se despidió y bajó el puente, el momento en que lo perdí de vista, ella lo interceptó para pedirle perdón y una segunda oportunidad, snif, casi rompo en llanto. Él, con el orgullo por delante, las rechazó, la masacró (nuevamente) con sus duras palabras y dio fin a su conversación con aquella frase que todos tememos escuchar “no quiero volver a verte”, ¡ups! ni qué decirle, ¡carajo! eso hasta a mi me dolió. Pensé en ese instante que mientras ella entraba al ruedo a enfrentarse al matador, yo iba en camino a saciar mi curiosidad respecto a Y; cuando ella recibió  la última estocada, yo había recibido la gran decepción y, en lo que ella sufría el desprecio de aquél al que amaba, yo iba de regreso a poner en claro mis sentimientos hacia X y convencida de que Y no entraría en mi vida jamás.

Concluyó llorando y para entonces, yo ya había decidido lo que tenía que hacer: A+X-Y = A+X. Me dio pena haber tenido que presenciar ese dolor ajeno y resolver mi vida con base en ello, quizá fui cobarde en no actuar mi propia escena y en no experimentar mi propio error, pero qué mejor reseña que la que viví con ellos dos. A ella jamás le comenté que A había hablado conmigo anteriormente, no era mi amiga, no la conocía y además no era mi problema, no tenia por qué decirle … está bien, si no lo hice es porque, en lo personal, no me agradaría que una desconocida venga a decirme todas las pestes que el amor de mi vida soltó sobre de mi por mi estupidez.

Me sentí nostálgica por ella y por mi al imaginarme si hubiese dejado a X por Y sin haber sopesado las probabilidades, la decepción, de Y, de mi y los trucos del destino. Cuando su llanto cesó, se levantó y se fue sin decirme nada, ni falta hacía puesto que ya estaba más que explícita su situación. Me quedé pensando en lo que se alejaba y decidí hacer lo mismo. En el transcurso rumbo a mi casa, pensaba en la inexistencia del Hubiera y los arrepentimientos que llegan cuando este se toma en cuenta. Y bien, si ella buscó a B fue quizá porque con A le ha de faltar algo que ella necesita o desea, luego entonces, el fin justifica los medios y lo digo también por mi y segura estoy, que por ahí debe existir un C en su caso y tal vez un Z en el mío, porque yo no reprocho al hubiera pero sé que en mi Ahora también algo pudiera hacerme falta.

Pasó el tiempo y regresé al puente, esta vez sí estaba desierto como me gusta, negra la noche y sin llovizna, un cigarro y mi mente bien desenmarañada, X en mi vida y sin saber que se atravesó un Y en mi camino y no he pretendido enterarlo de ello porque creo que la honestidad a veces hiere más que el silencio, sobre todo si no hubo más que un solo beso, pues Y fue sólo una tentación que valdrá la pena recordar pero jamás confesar. No sé qué fue de él, lo que sí sé, es que retomé el amor que sentía por X. De los personajes del puente no supe nada, no tengo idea si regresaron o no y no negaré que de repente me invade la curiosidad, sé que seguramente no se acordarán de que fui testigo de su dolor, en lo personal, me queda la satisfacción y consuelo de que este puente, fue el único juez de mi conflicto y mi  único testigo de esa noche.

María Antonieta Estévez L.

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