Las fiestas de Liverpool

Cuando mi hijo entró al kinder, nos iniciamos al mundo de las fiestas infantiles, desde primero hasta tercero fue invitado constantemente a los cumpleaños de sus amiguitos. Yo acostumbraba comprar el papel en cualquier papelería para envolver el regalo de colores, diseños alusivos a cumpleaños, princesas, super héroes, personajes distintos para niño y niña. En lo personal, me encanta envolver regalos, lo disfruto increiblemente pues inventar nuevos modos de doblar el papel y realizar moños creativos, es lo mío.

Al paso de dos o tres fiestas noté que la mayoría de los regalos venían envueltos en bolsas y papel de Liverpool, ¿dónde queda lo divertido entonces? si lo envuelven en la tienda, pensaba. Yo seguí envolviendo los regalos con mis propias manos, aún si compraba el juguete en Liverpool o Palacio de Hierro. Cuando venían las fiestas de mi hijo, llegaba el desfile de regalos vestidos con el logotipo y los colores de la tienda departamental de moda: Liverpool. Agradecida por supuesto por el detalle pero curiosa de ver que, de un cumpleaños a otro, la mesa de regalos de mi hijo en el salón de fiestas parecía patrocinada por esa tienda.

¿Es moda? Llegué a preguntarme. No, mas bien es presunción y necesidad de sentirse inn, concluí. Yo en lo particular no promulgo con sentirme parte de algo, entonces, lejos de sentirme seducida por la opción, me sacó ronchas, no quería ser parte del desfile de regalos aburridos e insípidos, así que me resistí a caer y continué envolviendo los regalos yo con mis propias manos y a mi gusto.

Ya en tercero de kinder, habiendo pasado varias fiestas, (dos al menos de cada amiguito de los más allegados), el total de regalos con la envoltura de la tienda ya era el total de regalos, excepto el mío, o sea, el de mi hijo. Me resistía, Dios y la corte celestial lo saben, pero como sucede siempre en sociedad, si no entras entonces estás fuera y, por mi hijo, cedí. A la próxima fiesta, (la última de kinder por fortuna), fuimos a Liverpool, compré un juguete, le escogí una bolsa de la tienda, un moñote y listo el regalo. Como comprendí a lo largo de los tres años en esa escuela, el regalo era lo de menos, la presunción de haberlo comprado en esa tienda, era lo primordial. 

Mucho de lo que pude ver con la gente de ese kinder fue que la necesidad de hacer notar el dinero era más grande que el valor a la amistad. No he tenido buena experiencia con ese tema, me he tenido que topar con esos “valores” y cada vez los rechazo más y más fortaleciendo mi estricta decisión de no ser parte de eso. 

Hoy mi hijo está en primaria y en una escuela muy distinta, en la primera fiesta que lo invitaron, probé las delicias nuevamente de envolver el regalo yo, llegar a la fiesta y notar que las demás mamás hacen lo mismo, ver la mesa de regalos decorada con colores, personajes, con moñotes y no teñida de los dos colores de la tienda con sus moños insulsos. Aquí no hay necesidad de tener que pertenecer a nada, nadie aparenta, somos libres de ser como y quienes somos y eso, vale más que poseer marcas y convertirte en ellas.
María Antonieta Estévez L.

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